Cuando el corazón duele más que el cuerpo
El trato sin empatía ni comprensión, en cualquiera de sus formas, generalmente deja huellas en quien lo recibe, bien sea en su cuerpo o a nivel emocional. Una persona herida por este tipo de relaciones va perdiendo algo de sí cada vez que su integridad es vulnerada.
Cuando hablamos de trato psicológico o emocional desequilibrado, éste se caracteriza por no dejar marcas evidentes a simple vista. Sin embargo, el resultado sostenido de esta vulneración puede transformar completamente a una persona.
Quien ejerce este tratamiento insano a nivel psicológico suele hacerlo mediante ofensas, burlas, humillaciones, amenazas o degradaciones. Estos actos pueden presentarse en diferentes tonos: desde el “jocoso” hasta el iracundo. Este comportamiento refleja un alto grado de desaprensión y puede ser una puerta de fácil acceso para pasar el mismo trato al plano físico.
Incremento en los niveles de vulneración
En los casos de relaciones patológicas, se observa un patrón de escalada progresiva. El vulnerador estudia qué tan sensible es la otra persona y va incrementando gradualmente la intensidad de sus acciones.
Existen señales que nos alertan de que alguien puede vulnerar nuestra integridad física o psicológica. Sin embargo, este ciclo se mantiene mientras la víctima lo permite sin resistencia. No justificamos esta dinámica, solo señalamos que ambos lados influyen: alguien actúa y alguien recibe. Si la víctima establece límites, el ciclo se corta.
El problema es que al inicio, la persona suele estar confundida y no sabe cómo reaccionar. A veces deja pasar las cosas o intenta devolver la ofensa, lo que acelera la escalada de vulneración.
Acostumbrarse al daño
Con el tiempo, este tipo de relación se vuelve costumbre. La autoestima y la seguridad de la víctima se deterioran, hasta llegar a un punto en que no sabe cómo dar marcha atrás.
El agresor suele tener un perfil específico: persona inteligente, manipuladora, insegura o acomplejada, con antecedentes de conductas similares en su entorno familiar o escolar. A menudo necesita ejercer poder sobre otro.
“La gente que se ama a sí misma no hace daño a otra gente. Cuando más nos odiamos a nosotros mismos, más queremos que otros sufran”. – Dan Pearce
El manipulador convence a la víctima de que merece ese trato, generando culpa y confusión. Reconocer la situación a tiempo puede evitar daños graves; ignorarla puede dejar a la persona quebrada por dentro.

Quien ejerce ese tratamiento insano a nivel psicológico lo hace normalmente a través de ofensas, burlas, humillaciones, amenazas, degradaciones y/o amenazas. En diferentes tonos que van desde el “jocoso”, hasta el iracundo, que refleja alto grado de desaprensión y es una puerta de fácil acceso para pasar el mismo trato al campo físico.
Incremento en los niveles de vulneración
Cuando estudiamos los diferentes casos de relaciones patológicas, podemos notar que generalmente van de menor a mayor grado. Quien ejerce de vulnerador activo va de alguna manera estudiando qué tan sensible es la otra persona ante el ese tipo de trato y va incrementando gradualmente la profundidad de la situación.
Hay muchas señales que nos deberían alertar de que estamos frente a una persona capaz de vulnerar nuestra integridad tanto física como psicológica. Pero esto en realidad es una ecuación conocida, no existe una persona que se pase de la raya, si del otro lado no hay alguien que lo permite sin resistencia.
No estamos afirmando que alguien desemboque en esa vivencia porque lo permite, muchísimo menos lo estamos justificando, solo estamos colocando los dos lados de la moneda: alguien hace – alguien recibe. Pero si ese alguien que es vulnerado no lo permitiese el ciclo se corta.
Evidentemente aquí hay una gran dificultad. Como hemos mencionado, es una escalada que se va incrementando y la persona que lo recibe tiende a estar confundida en un principio, sin saber cómo reaccionar o cómo establecer límites a lo que está ocurriendo, quizás deja pasar cosas en un principio o se hace partícipe del juego del vulnerador, intentando devolver la ofensa, lo cual acelera el ritmo de la situación.
Nos podemos acostumbrar a ese estado de vulnerabilidad
El punto es que en la mayoría de los casos ese tipo de relación se hace costumbre. Se va desgastando la autoestima y la seguridad de la persona que se encuentra en el rol de víctima, hasta llegar a un punto en el que no encuentra cómo dar marcha atrás.
El sujeto que ejerce el trato irrespetuoso hacia otra persona, tiene por lo general un perfil que encaja en el siguiente patrón: persona inteligente, manipuladora, insegura o acomplejada, con antecedentes de esta serie de actos en su colegio, familia, hermanos, etc…, con crianzas irrespetuosas y/o necesidad imperiosa de ejercer poder sobre otro.
“La gente que se ama a si misma no hace daño a otra gente. Cuando más nos odiamos a nosotros mismos, más queremos que otros sufran”. (Dan Pearce)
Normalmente el sujeto que ejerce trato irrespetuoso hacia el otro, le manipula de tal forma, que ésta termina convencida de que se merece ese trato, que sus acciones solo pueden derivar en lo que está recibiendo. Sintiendo culpa y algunas veces confusión.
Cuando una persona dice o reconoce estar siendo tratada de una forma no «normal», hay dos opciones: los efectos son nulos, porque está tomando acciones muy tempranas o los efectos son devastadores y ya esa persona está quebrada por dentro.
La pérdida de la perspectiva de la persona con este tipo de vivencias

El que actúa como victima vive con miedo, su autoestima se ha deteriorado, no sabe cómo llegó allí, no sabe por qué continúa allí, se reclama el no haber hecho algo antes, pero no se atreve a dar pasos que le saquen de esa situación.
En las relaciones amorosas, ese tipo de relación patológica llega a ser visto como una forma de demostrar “el amor”, obviamente desde dos mentes capaces de distorsionar lo que debe justificar una unión.
Lo cierto es que si nos encontramos ante señales de este tipo de vulneraciones de la integridad, será conveniente saber que difícilmente un sujeto de estas características cambia su perfil. Se necesita un profundo trabajo para que esa persona modifique su conducta, normalmente aprendida y practicada durante toda una vida. Y bajo esta premisa decidamos qué vamos a hacer.
Si ya no son señales, sino que no tenemos dudas de que estamos relacionados con alguien que busca constantemente herirnos, humillarnos, menospreciarnos… Busquemos alternativas, pero no nos quedemos sin hacer nada, permitiéndole a alguien que desgaste de forma intencional nuestra moral y nuestros pilares emocionales.
Ser testigos
Si estamos viendo una situación de vulnerabilidad desde afuera, a sabiendas de lo delicado que resulta en entrometerse, sopesemos los efectos de una intervención en pro de generar cambios en esas dinámicas. A veces desde adentro no es sencillo darnos cuenta de cuán nociva puede ser nuestra relación y debe venir un espectador a avisarnos que estamos en llamas.
Todos merecemos ser respetados, nunca es tarde para reclamar nuestros derechos como seres humanos, para defender nuestra integridad… Nunca es tarde para salvar un corazón que se ha acostumbrado no ser valorado con amor y mostrarle una vida más bonita y más amable.
Nada justifica este tipo de situaciones, cada quien tiene el deber de revisar sus heridas, sin pretender pasárselas a los demás… Y casualmente a las personas que más le quieren.
“Si no hay héroes que te salven, te tienes que convertir en héroe”. (Denpa Kyoshi)













